Hablemos de amor, que siempre viene bien

Rate this post

Como estamos al principio de nuestro periplo digital, queremos empezar bien. Y por eso, vamos a hablar de amor, aunque también de desamor, a ver si os gusta nuestra propuesta.

Y como esta historia quiere comenzar por el principio, nos parece adecuado que nos situemos en el principio de todo. Y, haciendo caso al Evangelio de San Juan, en el principio era el verbo, y el verbo era en Dios, y el verbo era Dios. Por tanto, nos vamos a ir al Jardín del Edén. Allí nos encontramos con Adán, ese espécimen humano que se encontraba tan solo que Dios, apiadándose de la situación y razonando, convenientemente, que no era bueno que el hombre estuviese solo, le proporcionó una mujer… Con lo cual, también, nos encontramos con el primer ejemplo de la subyugación femenina al hombre (por lo que podemos determinar, casi con poco margen de error, que el génesis lo escribió un hombre).

Sin embargo, el mayor canto al amor que podemos encontrar en la Biblia lo debemos buscar dentro de los libros sapienciales, en concreto en el Cantar de los cantares, una parte de las Sagradas Escrituras que hace algunos años era desconocida casi en su totalidad y que ahora, después de haberse puesto de moda en las lecturas de las ceremonias nupciales religiosas, conoce muchísima gente.

Dejemos ahora el ámbito de la religión y vayamos hacia otros escenarios más profanos. Y si miramos a la historia antigua, uno de los romances más conocidos y rimbombantes, por los protagonistas que actuaron en él y por el impacto que tuvo en ese mundo reducido de la Historia Antigua, fue el affaire que  sostuvieron la reina Cleopatra y Marco Antonio. Bastante movidito, sobre todo porque no  está del todo claro…

Otra pareja que, históricamente, hemos considerado como el paradigma del amor y el buen rollo han sido los Reyes Católicos… Pero como bien nos retrata Manuel Fernández Álvarez, ese Tanto monta monta tanto escondía algunas zonas y lagunas negras… La verdad es que el matrimonio fue, a qué dudarlo, por amor. Fernando salió de su territorio camuflado y se casó con Isabel contraviniendo a mucha gente y vulnerando las disposiciones eclesiásticas, que habían prohibido su matrimonio (eran primos). De hecho, tendría que llegar un Papa muy cercano a estos reyes (Alejandro VI) para dar por bueno el matrimonio entre Isabel y Fernando. Sin embargo, ese amor no perduró por los siglos de los siglos, porque las aventuras amorosas de Fernando encorajinaron tanto a Isabel que las malas lenguas afirman que su decisión, expresada en su testamento, de apartar a Fernando del gobierno de Castilla, se debió precisamente a esta cuestión.

En fin, que hemos conseguido el objetivo, que es hablar de amor sin mencionar a Romeo y Julieta. Y una apreciación: no deberíamos confundir la novela romántica (esa que hicieron grande autores como Goethe) con lo que actualmente conocemos como Romanticismo que, en numerosas ocasiones, no es más que sensiblería. Dicho queda.

No se admiten más comentarios